El derrotero del gringo loco

EXISTE una vieja tradición ariqueña que narra el caso de un extraordinario inglés que en dos ocasiones diferentes vivió en aquel lugar. Pero lo más importante de su paso por esta vida fue la estela de leyenda que dejó tras de su muerte. Sepultado ya, fueron muchos los que quisieron desentrañar el misterio de lo que se dio en llamar “El derrotero del gringo loco”.

Allá por el año 1883 o 1884 llegó a establecerse en Arica un simpático inglés llamado Tomas O´Ryan. Se suponía que era médico o algo parecido. Se trataba de un hombre bondadoso y cordial que exhibía un profundo sentido religioso. Oía misa casi todos los días y le gustaba conversar con el cura. Explicaba él su devoción relacionándola con los padecimientos que le provocaba una antigua herida recibida en la última rebelión de Irlanda. Pues bien, “míster Tommy”, como lo llamaban los pilluelos de Arica, se vio obligado un día a tomar una resolución. Le habían hablado maravillas de unas aguas termales curativas que existían en el sur, en las proximidades del Tinguiririca. Esas termas se llamaban y se llaman Los Baños del Flaco y están en plena cordillera.

Esperanzado que un tratamiento con esas aguas termales aplacaría definitivamente esos dolores “míster Tommy” liquidó todas sus pertenencias en Arica, empaquetó sus efectos personales y se embarcó rumbo al sur. Los ariqueños imaginaron que no volverían a verlo, pero no fue así.

Mientras tanto, el británico arribaba al pequeño caserío, polvoriento y barroso, que era Tinguiririca y se disponía a partir hacia las termas. Un viaje en aquella época a Los Baños del Flaco constituía una verdadera expedición y, por lo tanto, “míster Tommy” debió contratar un par de arrieros con sus mulas y proveerse de víveres suficientes como para subsistir durante dos meses.

Habiendo establecido su campamento junto a las termas, inició su tratamiento de aguas.

Al cabo de diez días comenzaba a sentirse un hombre nuevo y, habiendo trabado gran amistad con los arrieros, obtuvo de ellos informes sobre la geografía de los contornos. El paisaje era para él una maravilla, y el aire cordillerano, una bendición. Poco a poco, a medida que se iba sintiendo mejor de su dolencia, la relativa soledad en que se encontraba comenzó a pesarle. La vida monótona y sedentaria del campamento no se avenía con su temperamento activo y emprendedor, por lo que decidió dedicarse a efectuar excursiones por los alrededores. Paulatinamente, fue alargando el radio de sus paseos, hasta que una mañana salió del campamento anunciando a los arrieros que no regresaría hasta la puesta de sol.

--Quiero llegar hasta la cumbre de esa montaña –les dijo señalándoles la que tenían enfrente--. No se preocupen por mí, que llevo cocaví para todo el día.

Al anochecer, los arrieros lo esperaban con la comida lista, pero “míster Tommy” no apareció. Los dos hombres comenzaron a inquietarse, pero no se decidieron a salir a buscarlo, porque la noche estaba particularmente negra y fría. Pensando en que al día siguiente lo iban a encontrar desbarrancado en alguna quebrada, permanecieron casi toda la noche insomnes. Despuntó el alba y “míster Tommy” continuaba ausente. Los dos arrieros se dieron a buscarlo abnegadamente, en forma afanosa, por todos los cerros vecinos, sin encontrar huella alguna de él. En estos rastreos transcurrieron cinco interminables días, hasta que se resolvieron afrontar los hechos.

--Oye, Pedro –dijo uno de ellos--, tenemos que volver a Tinguiririca para dar cuenta de la desaparición de este gringo. ¡Buena cosa en la que nos vinimos a meter! Nadie nos va a creer que se murió solo.

--Mejor será que nos aguantemos un par de días más –opinó el otro--. Mira que se van a imaginar que nosotros lo asaltamos y lo dejamos escondido en alguna quebrada. Echemos otra registrá por esas montañas del fondo; pa allá salió rumbeando el gringo del demonio.

Los arrieros hicieron una última búsqueda, en forma agotadora, y, a los postreros rayos del sol, cuando ya perdidas las esperanzas se disponían a regresar al campamento, vieron un pequeño bulto que avanzaba penosamente por la ladera de la montaña. No podía ser otro que “míster Tommy”.

Ambos hombres corrieron a su encuentro, justo a tiempo para recibir en sus brazos el cuerpo completamente exhausto del inglés. Sus ojos hundidos, su cara macilenta delataban la dura prueba a que había estado sometido. A las ansiosas preguntas de los arrieros sólo respondió con explicaciones vagas y mal hilvanadas. Dijo haberse caído en una hondonada de la que no podía salir y que sólo se había salvado por un milagro de Dios.

--Pero ¿por dónde fue eso, patrón? Si nosotros hemos recorrido los cerros por todos lados –le insistían los arrieros, pero él apenas respondía:

--Por ahí…, por ahí.

Regresaron rápidamente a Tinguiririca. Los arrieros ya no tenían fe en el inglés.

--El gringo está tragado –comentaban entre ellos--. No nos quiere largar lo que pasó. ¿Adónde diablos estaría metido esos seis días?

Nada pudieron averiguar. En cambio, ya de regreso en Tinguiririca, el inglés los gratificó espléndidamente y regresó a Arica. Pero cuando estuvo nuevamente en las soleadas tierras del Morro, ya no era el mismo. Todos sus amigos notaron que había cambiado ostensiblemente. El alegre y locuaz gringo se veía silencioso y pensativo, como embargado por una gravísima preocupación. Para colmo se dio a la bebida y bajo los efectos del alcohol se desataba su lengua y hablaba incoherentemente de cosas extrañas.

--Yo lo ví…, ahí al alcance de la mano –tartamudeaba--. ¡Un montón de piedras tachonadas de oro! ¡Y allá más lejos, una ancha veta a flor de tierra! ¡Oro, oro por todos lados!

Los que lo oían meneaban la cabeza compasivamente. Ya le había dado de nuevo por “difariar” al pobre gringo. Pero un día, irritado por las burlas, el inglés sacó del bolsillo dos o tres piedras, que, ante los ojos admirados de los que lo rodeaban, brillaron fantásticamente. Eran piedras incrustadas de oro, claveteadas de oro puro.

--¿Dónde encontró estas piedras, “míster Tommy”? –lo acosaron todos al unísono, y comenzaron a exigirle una indicación precisa--. Usted ha hablado de montones de esas piedras. Pero ¿en qué parte del sur?

--No sé…, no sé… No me recuerdo –se cerró el gringo, inflexible.

La noticia corrió de boca en boca; todo el mundo se hacía conjeturas y trataba de averiguar dónde había estado “mister Tommy”. Se supo que no había pasado más allá del Tinguiririca y de Los Baños del Flaco. El interés de la gente por saber dónde estaba el derrotero del gringo loco traspuso los límites de la provincia y despertó la codicia de los mineros de Atacama, Antofagasta y Copiapó. Muchos hicieron viaje especial a Arica para tratar de sonsacar algunos datos al inglés, pero este se obstinaba en su negativa.

--¡Les repito que no sé dónde está! --gruñía--. No recuerdo. Y no me molesten más. No quiero saber nada del asunto.

“Mister Tommy” continuó impenetrable y la gente llegó a dudar de la veracidad de su historia, porque nunca demostró el menor interés en explotar su descubrimiento. Pero en 1897 un hecho ineludible volvió a poner de actualidad el tema. “Mister Tommy” estaba en trance de agonía e hizo llamar a su amigo el cura de Arica.

--Padre, ¿Tiene usted poder para relevarme de un voto que hice en peligro de muerte? --le consultó, y como el sacerdote le respondiera afirmativamente, continuó, acezando--: En ese caso tendré que apurarme, porque siento que las fuerzas me abandonan. Es ese asunto del oro. La realidad no se la he contado a nadie. Una tarde que salí del campamento con la intención de trepar a una montaña, me encontré repentinamente bloqueado por un alto macizo de rocas. Con gran esfuerzo logré escalarlo y, una vez arriba, me senté a descansar sobre una piedra. Mientras observaba el panorama, mi mirada fue atraída por unos guijarros que brillaban al sol. Cogí uno, me asombró su extraño peso y al examinarlo con gran detención, vi…, con escalofríos…, que eran piedras tachonadas de clavos de oro. Mi corazón dió un vuelco y me levanté de un salto --siguió narrando el moribundo al sacerdote--. Recorrí ansiosamente el terreno y advertí que estaba todo sembrado de piedras de la misma clase. Poco más lejos descubrí una ancha veta aurífera que se extendía hasta perderse de vista. Estaba sobre la más fabulosa mina de oro nativo. Dominado por un júbilo delirante, caminaba de un lado a otro, cuando perdí pie y caí rodando hasta el fondo de una especie de cráter de siete u ocho metros de profundidad. Al levantarme, me dí cuenta con horror que las paredes de ese hoyo eran lisas y verticales, siéndome imposible escalarlas por lado alguno. Agoté mis fuerzas intentando salir, hasta llegar al convencimiento de que, si no recibía ayuda de afuera, estaba condenado a morir de hambre y sed en aquel hoyo infernal. Pasaron dos días y dos noches y, sintiéndome perdido, decidí encomendarme a Dios.

Thomas O´Ryan hizo una pausa. Apenas respiraba ya. Pero continuó en su relato. En su invocación a Dios había dicho:

“--Señor, si quieres apiadarte de mi infausta suerte y me sacas con vida de este trance, yo te hago el voto solemne, aquí, de rodillas, de no revelar jamás la ubicación de esta veta, por cuya riqueza la ambición de los hombres puede llegar hasta el crimen o la corrupción.”

al amanecer del día siguiente, de acuerdo con la narración de inglés, comenzó a nevar y pudo saciar la sed que lo quemaba. Poco después un cabrito salvaje, amedrentado por una ave de rapiña, cayó junto a él al fondo del hoyo. Devoró su carne cruda y valiéndose de sus huesos fue excavando escalones en la pared del agujero, hasta que al cabo de dos días de desesperado trabajo llegó a la superficie.

--Dios me había salvado --concluyó el agonizante ya al borde mismo de la muerte--. Esta es la historia, padre; y ahora a usted le toca relevarme de mi voto.

El párroco de Arica trazó el signo de la cruz sobre la frente del moribundo y lo liberó de su promesa.

--Ahora, proporcióneme usted los detalles de su descubrimiento y yo se los transmitiré a la persona que usted me indique --le sugirió el sacerdote, recordando perfectamente que el inglés no tenía pariente alguno. Pero éste no poseía ya la claridad suficiente para discurrir nada.

--Deme usted lápiz y papel --se limitó a solicitar al cura--, y yo le señalaré el sitio exacto donde encontré la veta.

Con un esfuerzo supremo, comenzó a dibujar un grosero croquis, cuyo punto de partida era el Tinguiririca. Siguió vacilando hasta señalar Los Baños del Flaco. Se detuvo ahí falto de fuerzas y, cuando trazaba una insegura línea hacia el norte, su cabeza se desplomó pesadamente. Thomas O´Ryan había muerto, y con él su secreto.

El párroco de Arica se quedó con su croquis inconcluso entre las manos y en un rapto de furor lo arrugó hasta reducirlo a una pelotilla. Pero luego volvió a guardarlo…, por si acaso. Sin embargo, el derrotero del gringo loco no ha sido descubierto jamás. Ahora es apenas una leyenda que se sustenta en un papel semiarrugado que guarda una familia ariqueña. No obstante, el oro está allí en las proximidades de las Termas del Flaco…, cerquita de la montaña trasera…, un poco hacia el norte. ¿Quién se interesa por ir? Hay oro…, oro a montones. Basta sólo con descubrir “el derrotero del gringo loco”, Tomas O´Ryan.


POR JORGE INOSTROZA.

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