La Cautiva de Pelantaru



A COMIENZOS del siglo XVII se produjo en la región de Valdivia una terrible revuelta araucana, que se ha llamado “El alzamiento de las siete ciudades”, por haber sido siete las poblaciones que fueron arrasadas por las huestes del feroz cacique Pelantaru. Ahora bien, próximo a Valdivia existe un río denominado Tornagaleones. ¿De dónde viene ese nombre?... De los corsarios holandeses del comandante Herckmans, cuya nave capitana encalló en ese río al alejarse de Valdivia en octubre de 1643. Uno de los tenientes de las naves corsarias escribió unas memorias que vale la pena recordar.

El teniente Wilhem van Groote, de la expedición corsaria del comandante Herckmans, narra sus impresiones sobre su permanencia en el puerto fluvial de Valdivia y el pavoroso acontecimiento que fue su destrucción. Comienza diciendo:

“Valdivia fue una sucesión de fuertes construidos por los españoles hace unos ochenta años, pero el principal de ellos, el que acogió a mayor número de pobladores, pasó a ser ciudad en las riberas del Calle-Calle. Todos ellos fueron destruidos por los indios de la región y de Mariquina en 1599. A los soldados los ultimaron a palos, excepto al gobernador, a quien aprisionaron e introdujeron oro fundido en la boca y las orejas. Después hicieron de su cráneo un vaso, y de los huesos de sus piernas, flautas, que ellos llaman pifilcas”.

El macabro comienzo de esta historia se continúa en lo que narró a los corsarios, años más tarde, una de las principales protagonistas del crudelísimo hecho, nada menos que la hermosa hija del propio gobernador a quien mataron con oro, porque era oro lo que él apetecía por sobre todo el mundo. Ella se llamaba Esperanza Valenzuela. 


El relato que el oficial de corsarios recogió de los labios de doña Esperanza tiene un inicio turbador y vago, que resulta difícil de entender. Según él, a mediados 1598 llegó a Valdivia un fraile mercedario de nombre fray Andrés de las Eres, que pertenecía a esa legión de iluminados que, al igual que fray Luis de Valdivia, pretendían que era posible domesticar a los indios por medio de los Evangelios. La narración escrita por el corsario holandés en su propio idioma, mal redactada y peor traducida, parece dar a entender que este fray Andrés de las Eres tenía un aspecto extraño y que su comportamiento era el de un místico con muchos ribetes de loco. Recorría las difíciles selvas de la región y sus ríos a pie y en canoa, introduciéndose, impertérrito, con su figura quijotesca en las tribus indias. Posible es que sus prédicas y su llameante mirada de paladín del cristianismo a macha martillo fuera una de las causas de la revuelta. El caso es que justamente el día de la Navidad de 1599 se produjo el hecho luctuoso que todos temían.

Un mes atrás, el gobernador del fuerte de Valdivia, capitán Pérez de Valenzuela, había recibido la trágica noticia de que el gobernador del reino, don Martín García Oñez de Loyola, había sido muerto en una emboscada tendida por los indios en Curalaba, cerca de la ciudad de los Confines. Sólo salvó de aquella sorpresa el sargento Bernardo de Pereda, quien llevó la noticia a Valdivia.
De inmediato todos los capitanes de los fuertes establecidos entre Niebla y la ciudad misma se pusieron en alerta. Comprendían que el toqui Pelantaru avanzaría arrogantemente hacia el sur, para arrasar todos los fuertes y ciudades. 

El gobernador de Valdivia llamó a su maestre de campo y le dijo:
--Capitán Gómez Romero, debemos tomar de inmediato medidas de defensa. Desde hoy seréis servido de poner guardias dobles en las atalayas del río y particularmente en los castillos de mi isla.

El gobernador se refería a la isla que se llamaba entonces de Valenzuela y posteriormente Teja. Pero las precauciones fueron todavía mayores. Se dictó una orden que en su párrafo principal rezaba:
“Nadie sea osado de salir fuera de la plaza pasadas las oraciones, ni de los límites del fuerte durante el día”.

Esta medida puesta en práctica por el alcalde don Juan de Roza y vigilada en su cumplimiento por el alguacil Manuel Coronado, fue seguida de una reunión en cabildo abierto, en que los vecinos aportaron sus ideas para la defensa y el reemplazo de las instrucciones del Capitán General, que ya no habrían de llegar por haber éste fallecido. Entre tanto, el gobernador tomó en sus manos todo el poder.

Pero no era fácil mantener por mucho tiempo encerrados dentro de la plaza a hombres, mujeres y niños, siendo muchos de los primeros personajes notables y de riqueza. Su desagrado fue haciéndose más notorio a medida que pasaban los días sin que los indios se dejaran ver, aunque se notaban movimientos sospechosos en los alrededores. 

A mediados de diciembre los murmullos de protesta se convirtieron en clamores. El propio alcalde don Juan de Roza llegó a decir que el gobernador Pérez de Valenzuela era un tirano, y que los tenia encerrados sin fundamento alguno dentro de las empalizadas y paredes del fuerte. Uno de los regidores, don Joseph Almonacid, hasta pensó en embarcarse y viajar por mar a Concepción para presentar la protesta de todos los vecinos al gobernador militar de esa plaza.


Tan fuertes y fundadas eran las recriminaciones, inclusive de las señoras, que la propia hija del gobernador, doña Esperanza, se decidió a hablarle.
 --Ocurre, señor padre, que las demás señoras de esta ciudad se quejan de la severidad de vuestra merced y encuentran insoportable que ellas, sus niños y sirvientes deban vivir dentro de la plaza en una promiscuidad con los soldados que ya en varias ocasiones ha puesto en riesgo sus honras.

El capitán Pérez de Valenzuela comprendía la incomodidad de la situación, pero al mismo tiempo medía su responsabilidad; de él dependían la seguridad y las vidas de todos los habitantes de Valdivia. No obstante, ablandado por los requerimientos de su hija, decidió aflojar el rigor de sus disposiciones. Coincidiendo con una visita que le hicieron esa misma tarde el cura párroco, don Luis Bonifacio, y el mercedario fray Andrés de las Eres, que también le llevaban el clamor de los asilados, determinó devolver la libertad de acción a los vecinos, permitiéndoles el regreso a sus hogares y la reanudación de sus labores en los campos vecinos.

En realidad, parecía que la calma había vuelto a la tierra, ni en la primera, la segunda o la tercera noche sucedió nada que pudiera ser motivo de alarma. Hasta el gobernador aparentaba confianza. Pero pasado el crepúsculo del 24 de diciembre, cuando terminaba de cenar en compañía de su esposa y de sus cuatro hijas, dijo con una sombra de tristeza en la mirada:

--Esta noche es Navidad; y mientras todo el mundo celebra el nacimiento del Salvador en la paz y alegría de sus hogares, nosotros, lejanos de nuestra patria, debemos permanecer con las almas en suspenso en esta ciudadela, junto a las selvas cuajadas de peligros, sin saber siquiera si el día de mañana alumbrará para nosotros. 



--Señor padre –le replicó doña Esperanza--, no tenga vuestra merced tan negros pensamientos en una noche como ésta. No importa en qué rincón del mundo nos hallemos, si estamos juntos. Siempre será ésta una noche buena para nosotros, una noche de paz.



Pero no contaban con la perfidia de los indios. Esa noche, después de las oraciones con que santificaron la Navidad, cuando todos los vecinos y soldados reposaban tranquilamente es sus lechos y los centinelas se adormilaban también en sus puestos, un ejército de cinco mil indios, al mando de Pelantaru, en el mayor silencio, cruzó a nado el río por todos los contornos de la ciudadela. Diseminados después por las riberas y bosques, avanzaron hasta ocupar las salidas de las calles y tocar las empalizadas. Justo a la media noche, a una señal del toqui, despertaron a los pobladores con una gritería infernal, a tiempo que derribaban las empalizadas y saltaban luego sobre los techos de las casas.


Los vecinos arrancaron de sus lechos, y corrieron despavoridos por las calles, yendo incautamente en busca de la muerte a manos de los indios. Así comenzó una horrorosa matanza.

Durante hora y media el gobernador luchó por organizar una resistencia, pero al fin, viéndose impotente, se dispuso a salar siquiera a su familia. Echó por delante a su esposa, hijas y sirvientas y les protegió la retaguardia con algunos soldados. Pero la negrura de la noche, la confusión y el estruendo hicieron que se disgregara el grupo.
--“No supe más qué fue de mis padres y de mis hermanas –prosigue el inconexo relato de doña Esperanza Valenzuela--. Un horrible indio se abalanzó sobre mí y, entre el horrendo tumulto de la horda que se apoderaba de los míos, me sacó arrastrando hacia un lado. Luego ya no supe más de mí hasta que me encontré en la isla de Valenzuela frente a una inmensa hoguera alrededor de la cual los salvajes destrozaban a los prisioneros.”

No hubo socorro alguno, ni del cielo ni de ninguna parte. Y la terrible matanza llegó hasta el final. El último número de este horrendo drama fue espeluznante. Los indios ebrios colgaron de la rama de un roble corpulento a un hombre flaco, mal cubierto con rasgadas vestiduras, con las manos y los pies atados. Al son de un cuerno, comenzaron a girar alrededor del mártir y de las mujeres cautivas y, resonando otro trompeteo estruendoso, todos al mismo tiempo apuntaron sus arcos contra el cuerpo del infeliz y una nube de flechas lo acribilló, arrancando también ramas del árbol-cadalso, cuyas hojas formaron un verde sudario para el agonizante.

Momentos más tarde, su cadáver era descuartizado y comido en medio de alaridos de triunfo. Se trataba de fray Andrés de la Eres, el extraño misionero mercedario. Aun cuando se encontraba lejos de la ciudadela al producirse el ataque, había vuelto a ella en un bote, por su propia voluntad, para servir de guarda, como había expresado, a las mujeres cautivas.

La crónica del corsario holandés Van Groote termina diciendo que más le valió a la infortunada Esperanza Valenzuela no conocer la triste suerte que corrió su padre, el gobernador, ya que, como dijimos al comienzo, su cráneo sirvió de vaso para las bárbaras libaciones de los salvajes. En cuanto a ella, después de largos e inenarrables meses de cautividad, fue finalmente rescatada y terminó sus días como reclusa en las monjas agustinas de Santiago.

Tal fue la suerte de la fortaleza de Valdivia en el terrible alzamiento de las siete ciudades. 



POR JORGE INOSTROZA









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